viernes, 26 de mayo de 2023

COMUNICADORES SOCIALES: HABLEN CON EL CORAZÓN

 MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO PARA LA 57 JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES.




Desde el 24 de enero del año en curso, el mensaje estaba preparado y publicado en la página oficial del Vaticano www.vatican.va y fue leída el pasado domingo 21 de mayo por el vicario de Cristo -el Papa Francisco- en el marco de la celebración de la referida jornada que busca consolidar la ética periodística así como el estímulo de una información responsable a los que utilizan las redes sociales para difundir y/o expresar cualquier cosa.

Publicamos el contenido completo.

Hablar con el corazón, «en la verdad y en el amor» (Ef 4,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Después de haber reflexionado, en años anteriores, sobre los verbos “ir, ver” y “escuchar” como condiciones para una buena comunicación, en este Mensaje para la LVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales quisiera centrarme en “hablar con el corazón”. Es el corazón el que nos ha movido a ir, ver y escuchar; y es el corazón el que nos mueve a una comunicación abierta y acogedora. Tras habernos ejercitado en la escucha —que requiere espera y paciencia, así como la renuncia a afirmar de modo prejuicioso nuestro punto de vista—, podemos entrar en la dinámica del diálogo y el intercambio, que es precisamente la de comunicar cordialmente. Una vez que hayamos escuchado al otro con corazón puro, lograremos hablar «en la verdad y en el amor» (cf. Ef 4,15). No debemos tener miedo a proclamar la verdad, aunque a veces sea incómoda, sino a hacerlo sin caridad, sin corazón. Porque «el programa del cristiano —como escribió Benedicto XVI— es un “corazón que ve”» [1]. Un corazón que, con su latido, revela la verdad de nuestro ser, y que por eso hay que escucharlo. Esto lleva a quien escucha a sintonizarse en la misma longitud de onda, hasta el punto de que se llega a sentir en el propio corazón el latido del otro. Entonces se hace posible el milagro del encuentro, que nos permite mirarnos los unos a los otros con compasión, acogiendo con respeto las fragilidades de cada uno, en lugar de juzgar de oídas y sembrar discordia y divisiones.

Jesús nos recuerda que cada árbol se reconoce por su fruto (cf. Lc 6,44), y advierte que «el hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, de su mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca» (v. 45). Por eso, para poder comunicar «en la verdad y en el amor» es necesario purificar el corazón. Sólo escuchando y hablando con un corazón puro podemos ver más allá de las apariencias y superar los ruidos confusos que, también en el campo de la información, no nos ayudan a discernir en la complejidad del mundo en que vivimos. La llamada a hablar con el corazón interpela radicalmente nuestro tiempo, tan propenso a la indiferencia y a la indignación, a veces sobre la base de la desinformación, que falsifica e instrumentaliza la verdad.

Comunicar cordialmente

Comunicar cordialmente quiere decir que quien nos lee o nos escucha capta nuestra participación en las alegrías y los miedos, en las esperanzas y en los sufrimientos de las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Quien habla así quiere bien al otro, porque se preocupa por él y custodia su libertad sin violarla. Podemos ver este estilo en el misterioso Peregrino que dialoga con los discípulos que van hacia Emaús después de la tragedia consumada en el Gólgota. Jesús resucitado les habla con el corazón, acompañando con respeto el camino de su dolor, proponiéndose y no imponiéndose, abriéndoles la mente con amor a la comprensión del sentido profundo de lo sucedido. De hecho, ellos pueden exclamar con alegría que el corazón les ardía en el pecho mientras Él conversaba con ellos a lo largo del camino y les explicaba las Escrituras (cf. Lc 24,32).

En un periodo histórico marcado por polarizaciones y contraposiciones —de las que, lamentablemente, la comunidad eclesial no es inmune—, el compromiso por una comunicación “con el corazón y con los brazos abiertos” no concierne exclusivamente a los profesionales de la información, sino que es responsabilidad de cada uno. Todos estamos llamados a buscar y a decir la verdad, y a hacerlo con caridad. A los cristianos, en especial, se nos exhorta continuamente a guardar la lengua del mal (cf. Sal 34,14), ya que, como enseña la Escritura, con la lengua podemos bendecir al Señor y maldecir a los hombres creados a semejanza de Dios (cf. St 3,9). De nuestra boca no deberían salir palabras malas, sino más bien palabras buenas «que resulten edificantes cuando sea necesario y hagan bien a aquellos que las escuchan» (Ef 4,29).

A veces, el hablar amablemente abre una brecha incluso en los corazones más endurecidos. Tenemos prueba de esto en la literatura. Pienso en aquella página memorable del capítulo XXI de Los novios, en el que Lucía habla con el corazón al Innominado hasta que éste, desarmado y atormentado por una benéfica crisis interior, cede a la fuerza gentil del amor. Lo experimentamos en la convivencia cívica, en la que la amabilidad no es solamente cuestión de buenas maneras, sino un verdadero antídoto contra la crueldad que, lamentablemente, puede envenenar los corazones e intoxicar las relaciones. La necesitamos en el ámbito de los medios para que la comunicación no fomente el rencor que exaspera, genera rabia y lleva al enfrentamiento, sino que ayude a las personas a reflexionar con calma, a descifrar, con espíritu crítico y siempre respetuoso, la realidad en la que viven.

La comunicación de corazón a corazón: “Basta amar bien para decir bien”

Uno de los ejemplos más luminosos y, aún hoy, fascinantes de “hablar con el corazón” está representado en san Francisco de Sales, doctor de la Iglesia, a quien he dedicado recientemente la Carta apostólica Totum amoris est, con motivo de los 400 años de su muerte. Junto a este importante aniversario, me gusta recordar, en esta circunstancia, otro que se celebra en este año 2023: el centenario de su proclamación como patrono de los periodistas católicos por parte de Pío XI con la Encíclica Rerum omnium perturbationem. Intelecto brillante, escritor fecundo, teólogo de gran profundidad, Francisco de Sales fue obispo de Ginebra al inicio del siglo XVII, en años difíciles, marcados por encendidas disputas con los calvinistas. Su actitud apacible, su humanidad, su disposición a dialogar pacientemente con todos, especialmente con quien lo contradecía, lo convirtieron en un testigo extraordinario del amor misericordioso de Dios. De él se podía decir que «las palabras dulces multiplican los amigos y un lenguaje amable favorece las buenas relaciones» ( Si 6,5). Por lo demás, una de sus afirmaciones más célebres, «el corazón habla al corazón», ha inspirado a generaciones de fieles, entre ellos san John Henry Newman, que la eligió como lema, Cor ad cor loquitur. «Basta amar bien para decir bien» era una de sus convicciones. Ello demuestra que para él la comunicación nunca debía reducirse a un artificio —a una estrategia de marketing, diríamos hoy—, sino que tenía que ser el reflejo del ánimo, la superficie visible de un núcleo de amor invisible a los ojos. Para san Francisco de Sales, es precisamente «en el corazón y por medio del corazón donde se realiza ese sutil e intenso proceso unitario en virtud del cual el hombre reconoce a Dios» [2]. “Amando bien”, san Francisco logró comunicarse con el sordomudo Martino, haciéndose su amigo; por eso es recordado como el protector de las personas con discapacidades comunicativas.

A partir de este “criterio del amor”, y a través de sus escritos y del testimonio de su vida, el santo obispo de Ginebra nos recuerda que “somos lo que comunicamos”. Una lección que va contracorriente hoy, en un tiempo en el que, como experimentamos sobre todo en las redes sociales, la comunicación frecuentemente se instrumentaliza, para que el mundo nos vea como querríamos ser y no como somos. San Francisco de Sales repartió numerosas copias de sus escritos en la comunidad ginebrina. Esta intuición “periodística” le valió una fama que superó rápidamente el perímetro de su diócesis y que perdura aún en nuestros días. Sus escritos, observó san Pablo VI, suscitan una lectura «sumamente agradable, instructiva, estimulante» [3]. Si vemos el panorama de la comunicación actual, ¿no son precisamente estas características las que debería tener un artículo, un reportaje, un servicio radiotelevisivo o un post en las redes sociales? Que los profesionales de la comunicación se sientan inspirados por este santo de la ternura, buscando y contando la verdad con valor y libertad, pero rechazando la tentación de usar expresiones llamativas y agresivas.

Hablar con el corazón en el proceso sinodal

Como he podido subrayar, «también en la Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros» [4]. De una escucha sin prejuicios, atenta y disponible, nace un hablar conforme al estilo de Dios, que se nutre de cercanía, compasión y ternura. En la Iglesia necesitamos urgentemente una comunicación que encienda los corazones, que sea bálsamo sobre las heridas e ilumine el camino de los hermanos y de las hermanas. Sueño una comunicación eclesial que sepa dejarse guiar por el Espíritu Santo, amable y, al mismo tiempo, profética; que sepa encontrar nuevas formas y modalidades para el maravilloso anuncio que está llamada a dar en el tercer milenio. Una comunicación que ponga en el centro la relación con Dios y con el prójimo, especialmente con el más necesitado, y que sepa encender el fuego de la fe en vez de preservar las cenizas de una identidad autorreferencial. Una comunicación cuyas bases sean la humildad en el escuchar y la parresia en el hablar; que no separe nunca la verdad de la caridad.

Desarmar los ánimos promoviendo un lenguaje de paz

«Una lengua suave quiebra hasta un hueso», dice el libro de los Proverbios (25,15). Hablar con el corazón es hoy muy necesario para promover una cultura de paz allí donde hay guerra; para abrir senderos que permitan el diálogo y la reconciliación allí donde el odio y la enemistad causan estragos. En el dramático contexto del conflicto global que estamos viviendo, es urgente afirmar una comunicación no hostil. Es necesario vencer «la costumbre de desacreditar rápidamente al adversario aplicándole epítetos humillantes, en lugar de enfrentar un diálogo abierto y respetuoso» [5]. Necesitamos comunicadores dispuestos a dialogar, comprometidos a favorecer un desarme integral y que se esfuercen por desmantelar la psicosis bélica que se anida en nuestros corazones; como exhortaba proféticamente san Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris, la paz «verdadera […] puede apoyarse […] únicamente en la confianza recíproca» (n. 113). Una confianza que necesita comunicadores no ensimismados, sino audaces y creativos, dispuestos a arriesgarse para hallar un terreno común donde encontrarse. Como hace sesenta años, vivimos una hora oscura en la que la humanidad teme una escalada bélica que se ha de frenar cuanto antes, también a nivel comunicativo. Uno se queda horrorizado al escuchar con qué facilidad se pronuncian palabras que claman por la destrucción de pueblos y territorios. Palabras que, desgraciadamente, se convierten a menudo en acciones bélicas de cruel violencia. He aquí por qué se ha de rechazar toda retórica belicista, así como cualquier forma de propaganda que manipule la verdad, desfigurándola por razones ideológicas. Se debe promover, en cambio, en todos los niveles, una comunicación que ayude a crear las condiciones para resolver las controversias entre los pueblos.

En cuanto cristianos, sabemos que es precisamente la conversión del corazón la que decide el destino de la paz, ya que el virus de la guerra procede del interior del corazón humano [6]. Del corazón brotan las palabras capaces de disipar las sombras de un mundo cerrado y dividido, para edificar una civilización mejor que la que hemos recibido. Es un esfuerzo que se nos pide a cada uno de nosotros, pero que apela especialmente al sentido de responsabilidad de los operadores de la comunicación, a fin de que desarrollen su profesión como una misión.

Que el Señor Jesús, Palabra pura que surge del corazón del Padre, nos ayude a hacer nuestra comunicación libre, limpia y cordial.

Que el Señor Jesús, Palabra que se hizo carne, nos ayude a escuchar el latido de los corazones, para redescubrirnos hermanos y hermanas, y desarmar la hostilidad que nos divide.

Que el Señor Jesús, Palabra de verdad y de amor, nos ayude a decir la verdad en la caridad, para sentirnos custodios los unos de los otros.

Roma, San Juan de Letrán, 24 de enero de 2023, memoria de san Francisco de Sales.

FRANCISCO

REFERENCIAS:

[1] Carta enc. Deus caritas est, 31.

[2] Carta ap. Totum amoris est (28 diciembre 2022).

[3] Epístola ap. Sabaudiae gemma, con motivo del IV Centenario del nacimiento de san Francisco de Sales, doctor de la Iglesia (29 enero 1967).

[4] Mensaje para la LVI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (24 enero 2022).

[5] Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 201.

[6] Cf. Mensaje para la 56 Jornada Mundial de la Paz (1 enero 2023).

sábado, 6 de mayo de 2023

EXTRACTO CONVERSATORIO CON EMILIA CONDE

 Entrevista a la teóloga Emilia Conde sobre los eventos más significativos de Jacinto Vera que siguen impactando en la enseñanza católica del Uruguay.

JACINTO VERA APOSTÓ POR EL CELO APOSTÓLICO DE LOS SACERDOTES Y LOS LAICOS

Freddy Berrios.- Católicos en Línea.

Esto que Jacinto llama celo, Juan pablo II nos dice "nuevo ardor", de hecho está hablando de lo mismo, de ese fuego interior que el evangelizador y de modo particular el sacerdote, deben de tener encendido para poder cumplir con su misión, porque de lo contrario estoy transmitiendo ideas, doctrina, principios, la evangelización es otra cosa, por eso también Juan Pablo II nos dice en esta conferencia, la cita de Hebreos "Jesucristo ayer, hoy y siempre". (cf. Hb 13:8) , no hay evangelización sin Cristo”.


Falta el celo del clero, esto es el compromiso, la espiritualidad, la autodonación, la responsabilidad, la vivencia de una consagración tan absolutamente drástica como es la consagración sacerdotal, lograr esa identidad, eso estaba faltando y él lo notaba, por eso uno de los puntos a lograr, las metas que se plantea, es lograr la formación de los sacerdotes”...


Monseñor Jacinto Vera (1813 - 1881) le enseñó a un país que la fe, el amor de Dios y el fervor por los sacramentos están por encima de todo, se desprendió de lo material para favorecer a los más necesitados, acudió al socorro de quienes pedían guía para el camino de la fe y luchó sacrificadamente para que los sacerdotes y lo mismos laicos actuaran siempre desde el celo apostólico, en todos los aspectos de la vida cotidiana.

Cuéntenos un poco sobre el contexto histórico sobre la realidad pastoral en los tiempos de Jacinto Vera.

  • Los tiempos de Jacinto Vera y en los que aún son tiempos de Jacinto Vera, la pastoral y el ambiente en el que normalmente tenemos que desarrollarla, siempre han sido dificultoso, en primer lugar, cuando Jacinto se hace cargo, primero como sacerdote y después como Vicario apostólico y finalmente como Obispo, se encuentra con una realidad, por un lado apretada, y por otro lado debilitada, en el sentido de la poca atención pastoral, hay una diferencia notable entre la realidad intramuros de Montevideo y la realidad fuera de Montevideo, en campaña, a veces las cifras ayudan, pero por ejemplo, en esos tiempos había 83 sacerdotes para toda el área, y cuando se hace la ecuación para la población estimada de la época decimos que eran unos 3 mil fieles para cada sacerdote y de esos sacerdotes teníamos solo 13 uruguayos y los demás extranjeros, eso hacía que se concentrarán en Montevideo y en algunas ciudades del interior que en ese momento ni siquiera eran ciudades, eran como villas, algunas un poco más crecidas que otras, pero ninguna ciudad en el sentido propiamente dicho.

  • Entonces, esa gente que se reconoció como católica y que se había identificado con los sacerdotes, no nos olvidemos que estábamos hablando de los que hoy se siguen denominando históricamente "los curas de la patria", que fueron aquellos, sobre todo franciscanos, que acompañaron la gesta artiguista, fueron los secretarios de Artigas, sin embargo cuando termina el ciclo artiguista, éste se va a Paraguay, y hay un decaimiento, porque la banda oriental, para aquel tiempo ya la República Oriental del Uruguay -desde el punto de vista religioso-  sigue dependiendo de Buenos Aires, acá ni siquiera éramos una Diócesis, tardamos en llegar a ser un vicariato, nunca habíamos tenido Obispo, al punto tener que esperar varios años de vicariato para que se autorizara al vicario a administrar el sacramento de la Confirmación, entonces la pobreza del culto, sobre todo en campaña era notoria, no hay sacerdote no hay misa, no hay misa no hay eucaristía, no hay Obispo no hay confirmación; aquel espíritu religioso que se pudo haber vivido de otra manera fue como debilitándose, por ejemplo, no hay sacerdote no hay matrimonio, el matrimonio civil todavía no existía, entonces la propia constitución familiar se va erosionando, hay como un empobrecimiento espiritual que de alguna manera queda, -y lo va a decir después Jacinto Vera-, un sentimiento recesivo, residual podríamos decir, pero que necesita un soplo que anime la brasa que pudo haber quedado, necesita que se reanime, y eso es lo que va a tener que encarar Jacinto y lo va a hacer personalmente; este es un punto muy importante del contexto en el que Jacinto va a tener que desarrollar su proyecto pastoral, que es básicamente evangelización y más evangelización, pero tiene también, en primer lugar, en términos cuantitativos, escasez del clero, no tiene sacerdotes, en varias cartas que envía a Roma va a hablar de eso, le falta lo fundamental.

  • Y por otro lado va a decir que le falta el celo del clero, esto es el compromiso, la espiritualidad, la autodonación, la responsabilidad, la vivencia de una consagración tan absolutamente drástica como es la consagración sacerdotal, lograr esa identidad, eso estaba faltando y él lo notaba, por eso uno de los puntos a lograr, las metas que se plantea, es lograr la formación de los sacerdotes, él utiliza una palabra muy interesante: la reformación, aquí la cosa se hace todavía más subjetiva, resuena de un cierto modo inspirador, y también habla de una actitud, -me atrevería a decir, casi profética, porque después una idea semejante a esta que trasmite Jacinto, la volvemos a escuchar aquí en América con Juan Pablo II, cuando viene a promover la Conferencia Episcopal de Santo Domingo, en un discurso que pronuncia en Haití (1983) él habla de "nueva evangelización" y el concepto está como muy conectado al concepto de reformar -volver a formar- evangelizar de nuevo y él dice tres cosas muy importantes, dichas en un lenguaje más cercano para nosotros que estuvo latentes en Jacinto, nos habla Juan Pablo II de "nuevo lenguaje, nuevo método pero también nuevo ardor", esto que Jacinto llama celo, Juan pablo nos dice "nuevo ardor", de hecho está hablando de lo mismo, de ese fuego interior que el evangelizador y de modo particular el sacerdote, deben de tener encendido para poder cumplir con su misión, porque de lo contrario estoy transmitiendo ideas, doctrina, principios, la evangelización es otra cosa, por eso también Juan Pablo II nos dice en esta conferencia, la cita de Hebreos, "Jesucristo ayer, hoy y siempre". (cf. Hb 13:8) , no hay evangelización sin Cristo.

  • Por lo tanto, el celo está en transmitir a la persona de Jesús, no es un ejercicio intelectual sino un ejercicio que compromete todo el ser, el intelecto sin duda, pero el afecto también. la propia presencia física, la actitud fisica, el lenguaje presencial, todo eso es parte de ese proceso, y de hecho, cuando Jacinto comparte ese sueño que tiene del clero nacional, habla de un sacerdote que pueda celebrar pero que también pueda enseñar, enseñar desde la predicación, eso es como una sutileza pero al mismo tiempo él se pregunta ¿Cómo negarle a la gente lo que está pidiendo?, está pidiendo que el culto se recupere pero que ese culto atienda a la necesidad vital total de las personas, y eso es un poco el espiritu que va a ir de alguna manera forjando, depurando, alimentando Jacinto respecto de esa realidad absolutamente desafiante, duramente desafiante que le toca por delante y que él conoce, no solamente en Montevideo sino también en el interior del país, donde se educó y definió su vocación sacerdotal.

  • Jacinto Vera conoció esta realidad no sólo como observador sino también desde la piel y desde la piel se hace cargo para tocar esa realidad y de hecho transformarla liberándola. Este es el contexto en el que se mueve esta pastoral que es determinante en la identidad de la Iglesia Católica en el Uruguay hasta ahora.

¿Cómo planteó Jacinto Vera la Evangelización a partir de todas esas carencias y necesidades del pueblo uruguayo?

  • Capitalizó la experiencia notable que había tenido cuando define su vocación y se encuentra con que se tiene que ir del Uruguay para formarse afuera; tiene que ir a Buenos Aires (Argentina), allí estaban los Jesuitas dedicados a la formación de los aspirantes al sacerdocio y todo eso había que financiarlo y la familia de Jacinto no tenía medios por lo que tiene que hacer toda una negociación para lograr ir allá y sin embargo, cuando está por esos lados no consigue dónde hospedarse en la escuela propia de los jesuitas, pero se dan un montón de circunstancias por las cuales puede concretar y formarse.
  • Cuando vuelve a Uruguay, inmediatamente lo ponen como teniente Cura de Nuestra Señora de Guadalupe que está ubicada en Canelones, una zona cercana de Montevideo y vuelve a insertarse, vuelve a hacer carne de esa realidad, entonces empieza a manejar la posibilidad de fomentar el crecimiento, la afloración de las vocaciones, pero también a hacerse cargo de esas formaciones y que los chicos puedan generar, puedan acceder, a la disciplina, a la regularidad de los cursos logrando superar ciertas dificultades para concretar un seminario nacional y que esas vocaciones juveniles puedan definirse en el sacerdocio.
  • Ahora; hay una correspondencia porque el sacerdocio es -antes que nada- un servicio y un servicio doble que es dado en fidelidad al que los envía pero también en fidelidad a aquellos a los que es enviado, por lo tanto requiere el conocimiento de esos dos polos. Toda esa formación requiere también una experiencia de encuentro con la gente y Jacinto se hace cargo de este estilo misionero que lo caracterizó; cuando las personas expresan “el cura gaucho” y que se lo imaginan a caballo recorriendo Campaña, no es nada legendario, es un dato de la realidad, pero significa sobretodo cercanía con la gente, cercanía en el sentido de “me muevo como tú, me alimento como tú, descanso como tú y tengo la misma fe que tú”. Eso lo entiende la gente a la cual él se dirigió, se contactó, pero también con aquellos que se están formando, aquellos que están creciendo en orden a este servicio, a esta función concreta que es la del sacerdocio.
  • Entonces, los que lo acompañan, inclusive, viven ese asombro de ese hombre que se levanta y dedica tiempo, por ejemplo, a las confesiones, confiesa toda la mañana, se detiene para almorzar y se vuelve a sentar para volver a escuchar a la gente que de repente lleva años sin poder acceder al sacramento de la reconciliación y lo vuelve a hacer, luego celebra en la tarde y se detiene para la cena, tiene un momento de oración; es decir, él es un hombre que predicó con la palabra, predicó con los gestos, con la acción, con la propia vida.
  • Y esa cosa de que nunca hay un resto material de dinero en la economía que pudo manejar Jacinto porque lo gastaba todo en los demás y cuando decimos todo no es solamente el poco dinero que llegaba en sus manos y que invirtió siempre en el pueblo, hablamos hasta de su pertenencias personales, Todo es puesto al servicio y eso despierta en la gente un sentimiento subyacente de amor hacia el otro, hacia Dios, cuando se sienten amados y esto sin duda es como la materia, la asignatura más importante en la formación de sus primeros seminaristas, no es sólo lo que aprenden en el aula con los Jesuitas que vienen a Montevideo para hacerse cargo de la formación de estas primeras vocaciones y de los cuales van a salir algunos nombres muy importantes que después, incluso, van a ir al Pío Latino en Roma (Colegio Pontificio), como es el caso de quien después será Monseñor Mariano Soler, Obispo que encarga la primera biografía de Jacinto Vera; es decir, esta calidad de sacerdotes sale de este maestro que ya llamaban “maestro santo” cuando todavía estaba entre ellos.
  • Realmente la norma de su entrega estuvo a todos los niveles pero sobretodo una frase que él dice, personalmente para mí es muy valiosa, “puedo renunciar a mis derechos pero NO a mis obligaciones”, entonces ahí está la dinámica de su escuela de espiritualidad tanto para los fieles como para los seminaristas y sacerdotes, es decir, acá no hay espacio para el discurso “políticamente correcto” acá debo decir lo que debo decir y hacer lo que debo hacer y lo demás no cuenta y no contó porque pagó peaje por esta manera de entender su rol en el mundo concreto en el cual estaba inserto, pero también su rol ante Dios que fue su regla definitiva; así era este buen hombre.