martes, 11 de mayo de 2021

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA:

CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE "MOTU PROPRIO" DEL PAPA FRANCISCO  -ANTIQUUM MINISTERIUM- CON LA QUE SE INSTITUYE EL MINISTERIO DEL CATEQUISTA. 

@Catolicoslinea

Esta mañana, a las 11:30, en directo streaming desde la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la conferencia de presentación de la carta apostólica en forma de "Motu proprio" del Papa Francisco, Antiquum ministerium, que instituye el ministerio del catequista.

Han intervenido S.E. Mons. Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y S.E. Mons. Franz-Peter Tebartz-van Elst, delegado para la catequesis del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Publicamos ambas intervenciones:

S.E. Mons. Rino Fisichella

«El ministerio de Catequista en la Iglesia es muy antiguo». Con esta sencilla e inmediata consideración, el Papa Francisco instituye para la Iglesia del tercer milenio un nuevo ministerio que, sin embargo, siempre ha acompañado el camino de la evangelización para la Iglesia de todos los tiempos y longitudes, el de Catequista.

Tras la publicación del Directorio para la catequesis el pasado 23 de marzo de 2020, un paso más para la renovación de la catequesis y su eficaz labor en la nueva evangelización es el establecimiento de este específico ministerio laical al que están llamados hombres y mujeres presentes en toda la Iglesia que con su dedicación hacen evidente la belleza de la transmisión de la fe.

Es significativo que el Papa Francisco haga público este Motu proprio en la memoria litúrgica de San Juan de Ávila (1499-1569). Este Doctor de la Iglesia fue capaz de ofrecer a los creyentes de su tiempo la belleza de la Palabra de Dios y la enseñanza viva de la Iglesia en un lenguaje no sólo accesible a todos, sino revestido de una intensa espiritualidad. Era un magnifico teólogo, y por ello un gran catequista. Redactó en 1554 el catecismo La Doctrina Cristiana, dividido en cuatro partes, con un lenguaje tan sencillo y accesible para todos que podía ser cantado como una cantilena, y aprendido de memoria como una canción infantil útil para todas las circunstancias de la vida. La elección de esta fecha no es casual, porque compromete a los catequistas a inspirarse en el testimonio de un santo que hizo fecundo su apostolado catequístico a través de la oración, el estudio de la teología y la simple comunicación de la fe.

Es indiscutible que la Carta Apostólica Antiquum ministerium marca una gran novedad con la que se advierte fácilmente cómo el Papa Francisco lleva a cabo un deseo de Pablo VI. En 1975, de hecho, en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, el santo Padre escribió: «Los seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus Pastores en el servicio de la comunidad eclesial, para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios muy diversos… Una mirada sobre los orígenes de la Iglesia es muy esclarecedora y aporta el beneficio de una experiencia en materia de ministerios, experiencia tanto más valiosa en cuanto que ha permitido a la Iglesia consolidarse, crecer y extenderse.

 No obstante, esta atención a las fuentes debe ser completada con otra: la atención a las necesidades actuales de la humanidad y de la Iglesia. Beber en estas fuentes siempre inspiradoras, no sacrificar nada de estos valores y saber adaptarse a las exigencias y a las necesidades actuales, tales son los ejes que permitirán buscar con sabiduría y poner en claro
los ministerios que necesita la Iglesia… Tales ministerios, nuevos en apariencia pero muy vinculados a 
experiencias vividas por la Iglesia a lo largo de su existencia — por ejemplo, el de catequista… —, son preciosos para la implantación, la vida y el crecimiento de la Iglesia y para su capacidad de irradiarse en torno a ella y hacia los que están lejos» (EN 73).

La cita mantiene una fuerte actualidad y permite comprobar directamente el contexto eclesial en el que se inserta este nuevo ministerio, al tiempo que se considera la dinámica con la que se desarrolla. Sólo en la unidad entre una profunda atención a nuestras raíces y una mirada realista al presente es posible comprender la exigencia de la Iglesia para llegar a la institución de un nuevo ministerio eclesial. Tuvieron que pasar casi cincuenta años para que la Iglesia reconociera que el servicio prestado por tantos hombres y mujeres a través de su compromiso con la catequesis constituye verdaderamente un ministerio particular para el crecimiento de la comunidad cristiana.

Instituir un ministerio por parte de la Iglesia equivale a establecer que la persona investida de ese carisma está realizando un auténtico servicio eclesial a la comunidad. El ministerio está fuertemente asociado a las primeras comunidades que, desde el principio de su existencia, experimentaron la presencia de hombres y mujeres dedicados a desempeñar ciertos servicios en particular. Esto era así para el ministerio de los obispos, presbíteros y diáconos, pero también para los que eran reconocidos como evangelistas, profetas y maestros.

Se puede decir, por tanto, que la catequesis siempre ha acompañado el compromiso evangelizador de la Iglesia y era aún más necesaria cuando estaba destinada a los que se preparaban para recibir el bautismo, los catecúmenos. Esta actividad era considerada de suma importancia hasta el punto de llevar a la comunidad cristiana a establecer el compartir los bienes y el sustento de los catequistas.

Con la institución del ministerio de Catequista, el Papa Francisco promueve aún más la formación y el compromiso de los laicos. Es una nota que merece ser considerada porque añade una connotación aún más concreta al gran impulso ofrecido por el Concilio Vaticano II, que en las últimas décadas se ha visto muy enriquecido no sólo por un magisterio específico al respecto, sino sobre todo por un compromiso real en la Iglesia y en el mundo. No hay que subestimar la consideración que ofrece el Papa: «El apostolado laical posee un valor secular indiscutible… Su vida cotidiana está entrelazada con vínculos y relaciones familiares y sociales que permiten verificar hasta qué punto “están especialmente llamados a hacer presente y operante a la Iglesia en aquellos lugares y circunstancias en que sólo puede llegar a ser sal de la tierra a través de ellos” (LG 33)»

(Antiquum ministerium, 6).

La conclusión a la que llega el Papa Francisco es muy clara: «“Se cuenta con un numeroso laicado, aunque no suficiente, con arraigado sentido de comunidad y una gran fidelidad en el compromiso de la caridad, la catequesis, la celebración de la fe” (EG 102). De ello se deduce que recibir un ministerio laical como el de Catequista da mayor énfasis al compromiso misionero propio de cada bautizado, que en todo caso debe llevarse a cabo de forma plenamente secular sin caer en ninguna expresión de clericalización» (Antiquum ministerium, 7). En esta conclusión se juega gran parte de la novedad que aporta este ministerio: hombres y mujeres son llamados a expresar de la mejor manera posible su vocación bautismal, no como sustitutos de los sacerdotes o de las personas consagradas, sino como auténticos laicos y laicas que, en la particularidad de su ministerio, hacen posible experimentar en toda su extensión la llamada bautismal al testimonio y al servicio eficaz en la comunidad y en el mundo.

No cabe duda de que la institución de este ministerio, junto con el del acolitado y del lectorado, permitirá tener un laicado mejor formado y preparado en la transmisión de la fe. Los catequistas no pueden ser improvisados, porque el compromiso de transmitir la fe, además del conocimiento de sus contenidos, requiere un encuentro personal previo con el Señor. Quien ejerce el ministerio de Catequista sabe que habla en nombre de la Iglesia y transmite la fe de la Iglesia. Esta responsabilidad no se puede delegar, sino que implica a cada uno personalmente. Este servicio, sin embargo, debe vivirse de forma “secular” sin caer en formas de clericalismo que empañen la verdadera identidad del ministerio, que debe expresarse no principalmente en el ámbito litúrgico, sino en el ámbito específico de la transmisión de la fe mediante el anuncio y la enseñanza sistemática.

Es evidente que no todos los que hoy son catequistas podrán acceder al ministerio de Catequista. Este ministerio está reservado a quienes cumplen ciertos requisitos que el Motu proprio enumera. En primer lugar, el de la dimensión vocacional para servir a la Iglesia donde el obispo lo considere más cualificado. El ministerio no se da para la gratificación personal, sino para el servicio que se pretende prestar a la Iglesia local y a servicio de donde el obispo considere necesaria la presencia del catequista. No hay que olvidar que en diversas regiones donde la presencia de sacerdotes es nula o escasa, la figura del catequista es la de aquel que preside la comunidad y la mantiene arraigada en la fe.

Es en este sentido que hay que entender lo que escribe el Papa Francisco: «es un servicio estable que se presta a la Iglesia local según las necesidades pastorales identificadas por el Ordinario del lugar, pero realizado de manera laical como lo exige la naturaleza misma del ministerio» (Antiquum ministerium, 8). Para corresponder plenamente a la vocación, es muy necesaria una formación que presente convenientemente los contenidos fundamentales de la fe. Las diócesis deberán proveer, para que los futuros catequistas tengan una sólida preparación «bíblica, teológica, pastoral y pedagógica para ser comunicadores atentos de la verdad de la fe, y que hayan adquirido ya una experiencia previa de catequesis» (Antiquum ministerium, 8). A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser el instrumento más cualificado del que cada catequista será un verdadero experto. Recorrer las cuatro partes en que se divide ayuda a adentrarse progresivamente en la riqueza del misterio profesado, celebrado, vivido y orado. Una dimensión unitaria de los contenidos de la fe que permite verificar de cerca la jerarquía de las verdades en su transmisión y las formas de ejercer el ministerio. 

Es de esperar, por tanto, que la institución del ministerio conduzca también a la formación de una comunidad de catequistas que crezca con la comunidad cristiana en el servicio a toda la Iglesia local, sin ninguna tentación de ceñirse a los estrechos límites de su propia realidad eclesial, y libre de cualquier forma autorreferencial.

Una vez instituido por el Papa este ministerio laical, corresponde ahora a las Conferencias Episcopales hacer suya esta directriz encontrando las formas más coherentes para llevarlo a cabo. Por tanto, según las propias tradiciones locales, las Conferencias Episcopales deberán determinar los requisitos, como la edad y los estudios necesarios, las condiciones y las modalidades de acceso al ministerio; mientras que a la Congregación para el Culto Divino se le confía la tarea de publicar en breve tiempo el Rito litúrgico para la institución del ministerio por parte del Obispo.

Como puede verse, se trata de una invitación dirigida a las Iglesias locales para que valoren el aporte de tantos hombres y mujeres que pretenden dedicar su vida a la catequesis como forma privilegiada de evangelización. En nombre del Papa, el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización prestará toda su ayuda para que el nuevo ministerio se expanda en la Iglesia, y también para encontrar las formas de apoyar la formación de los catequistas. Esperamos que, de este modo, el proceso de la evangelización continúe su fructífero camino de inculturación en las diversas realidades locales, y que los millones de catequistas que diariamente dedican su vida a este antiguo y siempre nuevo ministerio redescubran su vocación para una comprometida renovación del proceso catequístico en beneficio de la Iglesia y de las nuevas generaciones.


S.E. Mons. Franz-Peter Tebartz-van Elst

El catequista - Una vocación laica para toda la Iglesia. 

Queridos hermanos y hermanas, el Papa Francisco, con este Motu proprio, se propone fortalecer el perfil catequético en la Iglesia no haciéndolo derivar del ministerio de la jerarquía, sino orientándolo hacia ella. Esto se expresa en su argumentación teológica y en la recién creada institución del ministerio del catequista. En el nuevo Motu proprio se pueden identificar tres aspectos en particular, esbozados en el marco de una vocación autónoma para convertirse en catequista y serlo.

1.- El ministerio del catequista se opone a una clericalización de los laicos y a una laicización del clero En el nuevo Motu proprio el Papa Francisco se refiere claramente al peligro de que la definición del perfil del ministerio del catequista lleve a una nueva forma de clericalización. En el punto siete de esta carta apostólica habla de la vocación misionera del catequista, que debería llevarse a cabo de tal manera que no cayera en ninguna forma de clericalización. Cuando se quiere aportar una contribución personal a la vida de todos los bautizados, sobre la base de la dignidad del bautismo, donde la persona es comprendida en su totalidad, debe evitarse cualquier tentación en este sentido; por lo tanto, el hecho de que el ministerio se diversifique cada vez más en la catequesis dispensada, favorece la valorización de la dimensión puramente laica del ministro instituido. En este sentido, en un reciente discurso, el Papa Francisco retomaba el concepto expresado por su predecesor, el Papa san Juan Pablo II, sobre la espiritualidad de la comunión, que se caracteriza porque el bautizado aprende a ver lo positivo y toda especificidad en la vida del otro, aceptándola como un enriquecimiento para su propio servicio (cf. NMI, 43). De este modo, es posible defenderse del riesgo de clericalización.

2.- El ministerio del catequista se desarrolla en una espiritualidad comunitaria y en una espiritualidad de la oración.

En su catequesis de la audiencia del miércoles 14 de abril de 2021, el Papa Francisco subrayó recientemente:

"Sin la fe, todo se derrumba; y sin la oración, la fe se apaga. Por esto la Iglesia, que es casa y escuela de comunión, es casa y escuela de fe y de oración". Esta conexión conceptual continúa lo ya abordado en el punto anterior y está expresamente subrayada en el nuevo Motu Proprio como elemento del contexto interior de una catequesis auténtica. El catequista responde a su vocación en la Iglesia de manera particular con la proclamación de las enseñanzas del Evangelio; por tanto, presupone la integración del catequista en la comunión de la Iglesia y exige una comunicación constante con Dios y con los fieles.

3.- El ministerio del catequista es un servicio que se adquiere con una formación específica y sólida.

La calidad del ministerio catequética se garantiza solo cuando el catequista está acompañado y cualificado para esta vocación y tarea específica. Es precisamente en este contexto donde la Iglesia tiene la oportunidad de transmitir la especificidad de la vocación y la misión del catequista. En el sexto punto del nuevo Motu proprio, el Papa Francisco subraya que el catequista no debe asumir principalmente tareas o litúrgicas o pastorales o responsabilidades de otros ministerios, sino que él mismo es en su testimonio maestro y mistagogo, compañero y pedagogo de su propia vocación y talento, evangélicamente entendido. A lo dicho anteriormente se refiere el cuarto punto del nuevo Motu proprio, con la invitación a utilizar, como herramientas imprescindibles, el Catecismo de la Iglesia Católica, las cartas apostólicas Catechesi tradendae, Evangelii gaudium y el nuevo Directorio para la Catequesis. Los tres puntos anteriores definen los contornos esenciales del servicio del catequista en el sentido del nuevo Motu proprio Antiquum ministerium del Papa Francisco. El hecho de que el Santo Padre destaque este perfil ministerial para toda la Iglesia, refiriéndose al contenido del Motu proprio de 1972 del Papa Pablo VI Ministeria quaedam, sobre los ministerios laicos instituidos, muestra la creciente importancia de un servicio laico y cualificado para la edificación del Cuerpo de Cristo. 

Gracias por su atención.

domingo, 1 de noviembre de 2020

LA RESURRECCIÓN DE LOS SANTOS


 PROCESO DE BEATIFICACIÓN CUMPLIDA.

INHUMAR, EXHUMAR, CREMAR

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

Extracto de La crónica menor.-



   Toda creación viva por lo general nace, crece, se reproduce y muere. La muerte es el fin definitivo en este plano, donde se deja de existir; se descompone la materia y los animales carroñeros dan cuenta de ellos. El ser humano, dotado de cuerpo y espíritu, le ha dado desde sus inicios un sentido diferente a la muerte de sus semejantes. No quedan tirados a la vera del camino, sino que son depositados, según las diversas culturas, en un sitio especial. Son “inhumados” (in = dentro, humar= tierra), enterrados, depositados en un lugar. La muerte en todas las culturas humanas es un tránsito a otra realidad.

   La “exhumación” es el acto de desenterrar (ex= sacar), lo que se suele hacer mediante algún rito con alguna significación que, generalmente, es para exaltar la estirpe y colocarlo en un mausoleo, de lo que hay preciosos ejemplos de todos los tiempos y lugares. La “cremación”, sin embargo, es la incineración, es decir, la destrucción del cuerpo inerte para convertirlo en ceniza. En el tiempo ha tenido varias interpretaciones religiosas, lo que dio pie a su prohibición en la Iglesia. Razones económicas, entre otras, por la imposibilidad de ampliar indefinidamente los cementerios van imponiendo la cremación -permitida por el Magisterio de la Iglesia- bajo unas sencillas normas.

   Desde los inicios del cristianismo, en recuerdo a los tres días de Jesús en el sepulcro, se privilegió la inhumación, rindiendo culto a los restos de los cuerpos de los mártires depositados en las catacumbas. Sobre ellos se celebraba la eucaristía. La normativa canónica para la proclamación de la santidad de alguna persona para ser declarado beato o santo, prescribe la exhumación para verificar la autenticidad de los restos allí contenidos. Bajo el esquema o protocolo vaticano y las normas modernas forenses, se llenan unos formularios que atestiguan la autenticidad y conservan los restos bajo condiciones que impidan su deterioro en el tiempo.

    Antes de sellar de nuevo el sarcófago que vuelve a ser abierto bajo estrictas normas canónicas para la distribución de las reliquias auténticas, es decir, aquellas que pertenecieron al difunto santo, bien sea de su osamenta, vestimenta u otro objeto con el que fue enterrado. Se entregan con certificado de autenticidad para su veneración en iglesias, santuarios o lugares sagrados. La devoción popular solicita “reliquias”, denominadas de segundo orden. Son pequeños trocitos de tela que colocada sobre el túmulo durante unos días, se colocan en pequeñas imágenes o tarjetas, y se reparten a quien las solicita. Es una antigua tradición que le da solemnidad por la cercanía física con los restos sagrados. Por ejemplo, el Papa manda colocar los “palios”, sobre la tumba de San Pedro en la Basílica vaticana, los días previos a la solemnidad del 29 de junio. Se trata de una banda de lana blanca en forma de collarín, adornada con seis cruces de seda negra. Es la insignia exclusiva de los arzobispos residenciales o metropolitanos. Es semejante a una estola y se utiliza a modo de escapulario.

Moisés: sarcófago especial para depositar los restos humanos. Foto cortesía RCN Radio

    En el proceso de beatificación del Dr. José Gregorio Hernández se cumple el rito de la exhumación de sus restos que reposan en la Iglesia de La Candelaria en Caracas, en dos tiempos. La primera, para abrir la tumba y trasladar la urna, o moisés en este caso, para su examen y verificación, según las normas eclesiásticas y civiles. Tuvo lugar el lunes 26 de octubre, fecha natalicia del beato. La segunda, el sábado 31 de octubre, se cerró el rito de la exhumación, una vez realizados los exámenes médicos forenses y canónico-jurídicos. El expediente de este proceso es enviado a Roma a la Congregación para la causa de los santos. Y, es el requisito previo a la solemne ceremonia de beatificación que tendrá lugar en Caracas, Dios mediante, en el primer cuatrimestre del año 2021. Mientras, los devotos y seguidores del médico de los pobres, nos preparamos “caminando con José Gregorio”, con una amplia programación religiosa, cultural, científica y caritativa que ha movilizado los mejores resortes del venezolano porque “José Gregorio es nuestro”, ciudadano auténtico, cristiano ejemplar, científico y servidor de los pobres por amor a Jesús y su Evangelio.



jueves, 22 de octubre de 2020

Encendiendo el amor

 

EL FUEGO DEL CRISOL QUE PURIFICA LA IGLESIA

 

Freddy Berrios 

@Catolicoslinea 

Escrito del Padre David Beltrán 

Los Ángeles, CA – USA 


 


Basta una chispa para que comiencen a arder las llamas de la reflexión sobre el Poder de Dios. Cristo llegó a su Gloria a través de los padecimientos y nosotros –los creyentes- estamos destinados a seguir el mismo camino para conocer el gozo verdadero en medio de las pruebas. 

Es un hecho que la Iglesia ha sido blanco de noticias estos meses por diferentes líneas de acción que defienden el bien común; la lucha contra el aborto, la tolerancia de culto, la lucha contra el racismo y la xenofobia, entre otros contextos de la justicia social en un mundo de caos, cambiante, ausente; el mismo San Pablo VI expresaba “...cuando hay marejada, la gente, aunque se salve, se mareará...”. 

Estos mareos también son provocados por los intereses ocultos que hay detrás de la titulación en los medios de comunicación convencionales, redes sociales y portales noticiosos, en los que lamentablemente también caen algunos periodistas o canales religiosos por carecer de formación apostólica en el género del PERIODISMO RELIGIOSO. 

A manera de reflexión, difundimos un texto del Padre David Beltrán, de Los Ángeles, Estados Unidos: 


Cúpula de la Iglesia la Asunción de Santiago de Chile cayendo en llamas. Cortesía AFP
 

“Escuché por ahí: ¡Hemos quemado la Iglesia!, ¡Muera la Iglesia! 

 ¡No mi hermano! tú no has quemado a la Iglesia, has quemado un templo. 

 Mientras tú quemabas los templos, la Iglesia estaba repartiendo despensas para los más pobres. 

 Mientras tú destruías vitrales y bancas, la Iglesia estaba cuidando a los ancianos sin techo y sin hogar. 

 Mientras tú destruías imágenes y lanzabas gritos por doquier, la Iglesia estaba muy ocupada dando de comer a la gente de la calle. 

 Mientras tu irrumpías cual malhechor en los templos y rayabas las paredes, la Iglesia estaba acompañando a los que se sienten solos, a los que estorban en este mundo. 

 Mientras tú celebrabas la caída de las torres, la Iglesia estaba abriendo las puertas de sus hospitales. 

 Mientras tú destruías las aulas y los adornos en las paredes, la Iglesia madrugaba para ofrecer educación a millones de niños y jóvenes en los colegios alrededor del mundo. 

 Mientras tu gritabas: ¡muerte al Nazareno!, la Iglesia seguía más viva que nunca, porque tu fuego no me mata, tu fuego alimenta mi fe y la fortalece, soy una contradicción en medio de este mundo que amo bastante. 

 Como te podrás dar cuenta, tú no quemaste a la Iglesia, la encendiste en caridad y pasión; caridad por ti, porque nuestro fundador nos dijo un día: “Bendigan a quienes los maldicen”; pasión por todos, porque lo que haces no nos apaga, nos enciende de más ganas de extender la mano a quien más lo necesita. Porque tus actos hoy, me hacen tener la certeza de que este mundo no cambiará con violencia sino con amor, comprensión y dialogo. 

 Yo no soy tu enemigo y yo no estoy enojado contigo, eso iría en contra de mis valores. Oro y pido por ti, porque algún día, tú y yo podamos sentarnos como hermanos en una misma mesa. Todo es posible cuando hay amor. 

 No has quemado a la Iglesia, la has encendido en amor por ti, sí, soy contradicción en medio de este mundo. 

 Déjame decirte que lo que has quemado, es un montón de piedras inertes que no tienen vida, muy preciadas por nosotros porque es nuestra casa común, pero al final, solo eso, piedras sin vida. 

 Las PIEDRAS VIVAS seguimos de pie, luchando, trabajando y amando. Porque una Iglesia no está constituida por ladrillos, sino por personas, los templos caen pero la Iglesia sigue en pie, más fuerte que nunca. 

 Te presento a mi Iglesia: niños, jóvenes, adultos y ancianos que queremos caminar en amor, miembros de un mismo Cuerpo, donde la Cabeza es Jesús. 

 MI FE NO SE QUEMA, se enciende con tu fuego. NO HAS QUEMADO UNA IGLESIA, nos has dado combustible, para no caer y poder perdonar, combustible para construir y no quemar. 

 La humanidad se ha equivocado, algunos miembros de la Iglesia también, miembros de nuestra familia nuclear también se han equivocado, incluso yo me he equivocado, tú también, somos humanos y en nuestro corazón hay mancha. Aquí no estamos buscando culpables, no buscamos castigos o muerte a quienes destruyen, buscamos soluciones, construir una nueva civilización. Como lo dice el Papa Francisco inspirado en el gran San Francisco de Asís: TODOS SOMOS HERMANOS. 

 Como te podrás dar cuenta, la Iglesia es difícil de quemar”. 


  

Iglesia de la Asunción (Chile, 18/10/2020) Cortesía AFP

lunes, 2 de marzo de 2020

CARTA DE LOS OBISPOS DE URUGUAY

INVITACIÓN A LA RENOVACIÓN DE LA FE Y EXPRESARLA EN LA SANTA MISA CON LA PROFESIÓN DEL CREDO NICENO - CONSTANTINOPOLITANO.

Miércoles de Ceniza 26/02/2020

Queridos hermanos en Cristo Jesús:
La Gracia y la luz del Espíritu de la verdad desciendan sobre todos ustedes.

En la celebración de noviembre pasado, a los pies de la Virgen de los Treinta y Tres, luego de renovar la consagración a Santa María, Madre de Dios, invitamos a todos los católicos que peregrinan en el Uruguay al V Congreso Eucarístico Nacional, que tendrá lugar en el mes de Octubre de 2020 en Montevideo.

Deseamos que este encuentro nacional sea la culminación de un camino que recorramos juntos este año. El tema del Congreso es: "La Eucaristía; sacrificio de Cristo que salva el mundo", que se expresa en el lema: "Tomen y coman; mi cuerpo entregado por ustedes".

Desde la entrega de Jesús y su ofrenda, centramos el objetivo que procuramos alcanzar: la renovación de la fe del pueblo de Dios que peregrina en Uruguay, de modo especial en el misterio eucarístico.

La fe cristiana, la fe católica, no son unos sentimientos, ni unas ideas sueltas, sino que es el acceso a la plenitud de la realidad, de la verdad, a Dios mismo, al Padre, por Cristo en el Espíritu Santo. Esta fe que cada uno profesa, la recibe, la proclama y la vive en la fe de la Iglesia Católica.

Por eso, la fe católica, que se formula en distintas afirmaciones, es una. La unidad de la fe se expresa en las oraciones que llamamos "credo", porque comienzan con la palabra 'creo', es decir, afirmo como verdadero, porque Dios lo ha revelado. Los credos son llamados también 'símbolo de la fe', en el sentido que reúnen en un conjunto lo principal de la realidad revelada que creemos.

El Credo llamado apostólico, más breve, es el propio de la liturgia bautismal, y ha de ser mantenido para la profesión de fe de los catecúmenos.

Para ayudar a la renovación de la fe y a su profundización los Obispos del Uruguay decidimos que a partir del Domingo de Pentecostés de 2020, en todas las Misas en que esté señalada la profesión de fe ésta se haga con el Símbolo o Credo Niceno - Constantinopolitano.

El empleo permanente del Credo Niceno en la misa tiene varias razones, de las cuales queremos compartir las principales.

*) Este símbolo desarrolla más algunas dimensiones de la realidad de la fe, verdades muy importantes que han de ser conocidas explícitamente y creídas por el Pueblo de Dios, en particular Jesucristo Hijo Eterno del Padre, la divinidad del Espíritu Santo, las notas de la verdadera Iglesia (1).

*) El Credo Niceno es el propio de la Liturgia Eucarística. Cuando se introdujo el Símbolo en la Misa se realizó por razones pastorales, para afirmar la fe del Pueblo cristiano y fundar en ello una rica catequesis. Se eligió el Credo Niceno - Constantinopolitano por su uso universal de la Iglesia en oriente y occidente, para evitar los errores o las omisiones en el reconocimiento de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Hijo eterno junto al Padre y ofrecer una expresión más acabada de la divinidad de Cristo. Hoy en día, nuestro pueblo tiene grandes carencias en el conocimiento de la fe, nos urge una reevangelización fundada en la verdad de Cristo y su obra, de la Santísima Trinidad y su comunicación en la Santa Iglesia.

Creemos que estos ejemplos son suficientes para comprender la finalidad pastoral y evangelizadora de la proclamación del Credo Niceno - Constantinopolitano en las misas de los domingos y las solemnidades.

Con la misma intención pastoral, durante los 50 días de la Pascua, procuraremos una renovación de la fe, siguiendo las afirmaciones de este símbolo.

Esta etapa de nuestro camino común hacia el Congreso Eucarístico culminará con una Solemne Renovación de la Profesión de Fe, con el rezo o canto del Credo Niceno-Constantinopolitano a realizarse en cada parroquia del país el Domingo de Pentecostés.

De allí en adelante se rezará este Credo en la Misa, aunque por cierto se puede y se recomienda que ya sea proclamado.

Contamos con la colaboración de todos, sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas, padres de familia, para que sea éste un bello camino de crecimiento de la fe y también para el pequeño esfuerzo de ir memorizando las palabras.

Con el deseo de que este año sea propicio para la renovación de la fe y la profundización en la vida eucarística de nuestra Iglesia, nos ponemos bajo el amparo de María, la Virgen de los Treinta y Tres, que es para nosotros Capitana, para vencer en el combate de la fe y guía de nuestros pensamientos, palabras y obras.

Los bendecimos de corazón.

Los Obispos del Uruguay.

NOTAS

1) Esta carta ha de ser leída a los fieles el Miércoles de Cenizas y según la oportunidad el Primer Domingo de Cuaresma.

1er CONCILIO DE NICEA (AÑO 325)
a) La divinidad de Jesucristo es la intención primera del Credo Niceno. Por eso afirma el nacimiento antes de todos los siglos, que es engendrado no creado, consubstancial -de la misma naturaleza del Padre - que todo fue hecho por medio de Él. Es bueno notar que es frecuente que haya fieles que al decir Jesús es Hijo de Dios lo entiendan de modo subordinado o aún empezando a existir en la encarnación. Las afirmaciones de Nicea ayudan a un encuentro con el Cristo verdadero Dios y verdadero hombre; así da su real valor a su revelación, su muerte y resurrección.
b) La personalidad y divinidad del Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, con quienes recibe la misma Adoración y Gloria es parte de lo integrado al Credo Constantinopolitano para confesar plenamente a la segunda persona de la Trinidad.
c) La naturaleza de la Iglesia, con sus notas de unicidad, santidad, catolicidad, apostolicidad.
d) También para ayudar a la respuesta agradecida de la fe, este Credo señala la motivación de la obra suprema de Cristo: 'por nosotros los hombres y por nuestra salvación', 'por nuestra causa'.  
     

CREDO NICENO - CONSTANTINOPOLITANO

Creo en un solo Dios;
Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un sólo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
Engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación, bajó del cielo

Y por obra del Espíritu Santo 
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado
en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,

Y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con Gloria
para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo, 
recibe una misma Adoración y Gloria,
y que habló por los profetas.

Creo en la Iglesia,
que es una, santa, católica
y apostólica.

Confieso que hay un sólo Bautismo 
para el perdón de los pecados.

Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro. Amén